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Entrevista a Emilio Saavedra: la memoria de una vida entre historia, libros y recuerdos

Hay escritores que parten de la imaginación y otros que parten de la vida. En el caso de Emilio Saavedra Alcalá, ambas cosas conviven en una obra marcada por la historia, la memoria y una mirada profundamente humana sobre el paso del tiempo. Nacido en Villanueva de Alcardete (Toledo), su infancia estuvo atravesada por constantes cambios de lugar debido al trabajo de su padre, molinero. De Aragón a Ávila, de pequeños pueblos al campo abierto, su historia personal es también la de una generación que creció adaptándose, construyendo identidad en movimiento. Vecino de San Sebastián de los Reyes desde los años ochenta, Saavedra ha convertido esa mezcla de experiencia vital e inquietud histórica en una trayectoria literaria que recorre guerras, épocas y territorios, pero también emociones, recuerdos y preguntas esenciales sobre el ser humano. Con motivo de su nuevo e inminente libro, El Chico de la Harinera —centrado en su infancia en Zuera— conversamos con él sobre su vida, su escritura y su manera de entender el mundo.

Emilio, vamos al principio: ¿de dónde eres y cómo fueron tus primeros contactos con la literatura?

Nací en Villanueva de Alcardete, en Toledo. Soy manchego. Pero mi infancia no fue en un solo sitio, ni mucho menos. Por el trabajo de mi padre, que era molinero, mi familia se movió mucho. Vivimos en distintos lugares: Aragón, Ávila… pueblos pequeños, entornos muy distintos. Eso hace que no tengas una única raíz clara, pero también te da una forma distinta de ver las cosas. Hay una etapa que para mí fue clave, la de la preadolescencia, ese momento en el que dejas de ser niño. En mi caso fue en Zuera, y es precisamente la etapa que ahora estoy recuperando en mi próximo libro. En cuanto a la literatura, siempre me gustó leer. Recuerdo especialmente un regalo de mi padre: El Quijote, cuando tenía catorce años. No era una versión adaptada, era la obra completa. Aquello me marcó bastante. Pero durante muchos años fui lector, no escritor.

¿Cuándo aparece la escritura en tu vida?

Llegó tarde y casi por casualidad. Yo tenía una afición muy fuerte por hacer maquetas de barcos. Me gustaba muchísimo. Pero llegó un momento en que mi mujer me dijo: “Mira, o cambias de hobby o necesitamos una casa más grande”. Y como lo segundo era complicado, decidí probar con la escritura. No había una vocación previa, fue más bien curiosidad. Pensé: “¿Y por qué no intento escribir algo?”. Y así nació mi primera novela, Tumbas olvidadas, a partir de unos documentales que vi sobre la Primera Guerra Mundial y la campaña de Gallípoli.


Gran parte de tu obra está ligada a la historia. ¿Qué es lo que te atrae de ella?

Más que los hechos en sí, lo que me interesa es el ser humano dentro de esos hechos. Por ejemplo, la Primera Guerra Mundial. Lo que más me impresiona es cómo millones de personas fueron capaces de sacrificarse por algo que muchas veces ni entendían. Gente que se alistaba para luchar en lugares que ni sabía ubicar en un mapa. Ese tipo de cosas son las que me hacen pensar. Intentar entender por qué el ser humano actúa así.

Tus novelas tienen un trabajo de documentación muy importante. ¿Cómo afrontas ese proceso?

Con mucho respeto. Para mí es fundamental que los datos históricos sean correctos. Siempre he dicho que antes de poner un dato erróneo prefiero no ponerlo. Dar un rodeo si hace falta, pero no equivocarme. Hubo novelas en las que el trabajo fue enorme, incluso a nivel de lenguaje. Llegué a hacer glosarios con cientos de palabras para poder escribir con el tono adecuado de cada época.

¿Cómo llega San Sebastián de los Reyes a tu vida?

Después de pasar por varios sitios, terminé trabajando por esta zona y, cuando me casé, decidimos venirnos aquí. Recuerdo perfectamente cómo era entonces. Te asomabas y veías campo, zonas abiertas, huertas… nada que ver con lo que es hoy. Con el paso del tiempo, San Sebastián de los Reyes ha pasado de ser un pueblo a convertirse en una ciudad. Pero nosotros hemos estado siempre a gusto aquí. Era un sitio tranquilo, cómodo, donde hacer vida, y con los años se ha convertido en nuestro lugar.

¿Cómo ha cambiado tu manera de escribir con el tiempo?

Mucho. Las primeras novelas eran muy exigentes a nivel histórico. Me metía tanto en la época que incluso llegaba a hablar con expresiones antiguas fuera de la novela. Era un trabajo muy intenso. Quizá demasiado. Con el tiempo he ido soltando un poco eso. He probado cosas distintas, novelas más ligeras, otras más costumbristas… pero siempre manteniendo una base de rigor cuando hay historia de por medio.


Tu próximo libro vuelve a la infancia. ¿Por qué ahora?

No fue una idea que surgiera de repente. Durante la presentación de Chocolate con picatostes, en una conversación con mi amiga Chus y con Jesús Seral Allué —coautor del libro—, salió el tema de escribir sobre esa etapa de nuestras vidas. Ambos me animaron a hacerlo. Aquella idea se quedó rondando… y al final lo hemos hecho. Zuera fue una etapa muy importante para mí, sobre todo entre los diez y los quince años, que son años clave en la formación de una persona. Fue un tiempo de cambios, de adaptación, incluso de cierta soledad al principio. Y con el tiempo te das cuenta de que todo eso tiene un valor enorme a la hora de escribir. El chico de la harinera es el resultado de todo eso. Una novela en la que creo que la gente de mi edad, y también los más jóvenes —por descubrir ese tiempo—, pueden sentirse muy identificados: con una época, con unas vivencias y con esos recuerdos comunes que, en el fondo, compartimos todos.

¿Cómo ves el papel de la literatura hoy con los avances de la IA?

Creo que estamos en un momento complicado. La tecnología ayuda, claro. Yo mismo la uso para consultar cosas. Pero hay un límite. La inteligencia artificial puede escribir textos, pero no sé hasta qué punto puede reflejar lo que siente una persona. La literatura tiene que tener algo más. Tiene que tener vida.

¿Qué consejo darías a alguien joven que quiere empezar a escribir?

Que lea mucho. Eso es fundamental. Y que escriba. Aunque al principio no salga bien. “A lo mejor al principio sale un churro, pero si sigues escribiendo y leyendo, todo va mejorando.” Porque escribir no es solo un talento, es un hábito que se construye poco a poco.

Emilio, antes de terminar, vamos a dibujar un pequeño retrato más personal. De esos que ayudan a entender no solo al escritor, sino también a la persona que hay detrás de cada historia, así que dinos:

Un libro


No soy especialmente fiel a un autor concreto, pero sí hay muchos libros que me han marcado. Por citar algunos:

Sin novedad en el frente, de Remarque

Agosto del 14, de Soljenitsin

El maestro de esgrima, de Pérez-Reverte

Luna de lobos, de Llamazares


Una película

El Padrino I

La cruz de hierro

El último mohicano

Leyendas de pasión

La misión


Una canción


Angie de The Rolling Stones


Una canción muy especial, fue una de las canciones con las que me enamoré de mi mujer, siempre tendré ese recuerdo, bailando con ella Angie, así que es muy especial para nosotros.

Para terminar: si pudieras hablar con el niño de Zuera, ¿qué le dirías hoy? Emilio se queda un instante en silencio antes de responder.

Le diría que qué suerte tuvo de vivir en esa época.

Cerramos la entrevista aquí. Conversar con Emilio fue asomarse a una forma de entender la vida desde la calma, la memoria y el respeto por las pequeñas cosas. Me sorprendió su timidez inicial que poco a poco se fue transformando en cercanía, la conversación fluyó entre recuerdos, anécdotas y reflexiones que dejan ver a alguien profundamente sensible, atento a los detalles y a las historias que nos construyen. A lo largo de la charla, Emilio fue desgranando vivencias de El chico de la harinera, muchas de ellas cargadas de emoción, de humor y de esa nostalgia serena que solo da el paso del tiempo. Esas anécdotas se quedan fuera de estas líneas. No por falta de espacio, sino porque merecen ser descubiertas donde realmente cobran sentido: en las páginas del libro.

Porque si algo queda claro tras la conversación con él, es que El chico de la harinera no es solo una novela, sino una forma de volver a mirar la vida desde aquellos ojos en los que todo empezaba, en los que todo empieza.

Sobre todo, quiero recalcar que fue un auténtico placer compartir ese rato con él.

SINOPSIS DE EL CHICO DE LA HARINERA

Hay lugares que no se olvidan nunca. Y hay etapas de la vida que, con el paso del tiempo, regresan con más fuerza que nunca. En El chico de la harinera, Emilio Saavedra reconstruye, junto a Jesús Seral Allué, los años de su infancia y preadolescencia en Zuera, en un barrio que entonces era poco más que campo, silencio y una fábrica que marcaba el ritmo de la vida. La llegada, el desarraigo, la necesidad de empezar de nuevo… y, poco a poco, la pandilla, los juegos, las primeras emociones y esa forma de felicidad sencilla que solo se entiende con el paso de los años. La novela es también un homenaje a toda una generación que creció en la calle, entre bicicletas, pan con chocolate y sueños aún por definir. Un relato que demuestra que, más allá de las dificultades, aquellos años dejaron una huella imborrable.


El Chico de la Harinera estará disponible a partir del 23 de abril, y se presentará en la Casona
también el 23 de abril. en un acto dirigido por Manuel Durán y Editorial Naperma

Dani Vázquez para Sansepasión