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El Mentidero de Sanse (Segunda Parte)

La Fuente del Pilar de Arriba y el Lavadero en tiempos anteriores, os puedo decir, que era un punto de encuentro obligado, ya que había que ir diariamente con los cántaros y los botijos a por el agua potable, pues sí que muchas casas contaban con pozos, pero en la mayoría sus aguas eran “gordas” y “duras” que las hacían poco aptas para el consumo humano.
Desde primeras horas en que se abría la fuente, pues por la noche se cerraba para que pudiera recuperarse el manantial, se formaban las colas y se iba dando la vez para coger el agua. Muchos acudían con borricos provistos de aguaderas para colocar cuatro cántaros en ellas, y algunos tenían que hacer más de un “viaje” a por agua.
Es notorio que mientras se esperaba el turno no cesaban las conversaciones y por supuesto los “chismes” de última hora.


El encuentro en el lavadero

Lavadero y casa del guarda


Aún viene a nuestra memoria aquellas ropas tendidas al sol en las cambroneras. Eran muchas las mujeres que acudían al lavadero, bien para lavar su propia ropa como las que lo hacían pagadas por hacer ese cometido. Y no era difícil que surgieran algunas peleas con estirones de moños incluidos y cómo no palabras en que salían a relucir las madres y padres de las contendientes, pero la mayoría de las veces los que salían peor parados eran los maridos.
Cuáles eran los motivos para que se suscitasen estas riñas, pues podían ser varios, desde que si me has quitado la piedra que tenía cogida para lavar, a veces de alguna ropa que se “cambiaba de sitio”. Muchas lavanderas que se dedicaban a lavar para otros llevaban las prendas contadas y tenían que regresar con todas, pues de lo contrario se lo podían descontar del salario.
Como vengo diciendo, tanto la fuente como el lavadero era ese lugar donde se hablaba de todo y de todos, y a veces las lenguas de doble filo ponían a las concurrentes al corriente de las ultimísimas “novedades”, y algunas eran tan subidas de tono que rayaban lo permitido, de que si la fulana no es trigo limpio, que le he visto a mengano merodear su casa a horas intempestivas, que si la hija de la fulanita se ha quedado embarazada, y por supuesto se trataba de una moza soltera.
Hay que recordar que las familias que conformaban entonces el pueblo eran como las “cerezas”, que si tirabas de una salían tras ellas muchas más, pues si no les unía un parentesco más o menos directo, sí que se entrecruzaban algunos parentescos indirectos y por supuesto muchos vínculos de vecindad. En definitiva, que bastantes de estas escaramuzas terminaban en juicios de faltas, pues tras las peleas con algunos arañazos y mordiscos, y sobre todo los
estirones de pelos, tenía que intervenir la guardia civil y encarrilarlas al cuartel, aunque la presencia de la autoridad no mermaba para nada el irse poniendo de “hoja perejil” mientras caminaban por la Calle Empedrada camino del Cuartel. Allí estaba el tío Juan José, el juez de paz, dando paños calientes para que se reconciliaran las “enzarzadas”, así como a las que las acompañaban como testigos de la trifulca. La realidad es que a los dos días todo había quedado en “pelillos a la mar” y aquí no ha pasado nada y a volver al critiqueo de turno.
Además del lavadero cubierto estaba el pilón de la peste, así se llamaba a la pila en la que tenía que lavarse la ropa de aquellas personas que padeciesen alguna enfermedad contagiosa. También había un pilón donde abrevaban diariamente las mulas y los bueyes de la labor.


El tío Antonio “niño bonito”


Muchos aún recordarán al guarda de la fuente y el lavadero, el tío Antonio Cabrero “el niño bonito” que creo que algunas veces gastaba bastante genio, no me extraña que lo tuviera, pues sería difícil hacer frente a toda la algarabía que allí se montaba, y sobre todo meter en cintura a toda aquella chiquellería que lo tenían como lugar para retozar e incordiar a todas las mozas que acudían a llenar cántaros y botijos en la fuente, y que guardaban la fila con todo rigor, ojo si alguna o alguno intentaba “colarse” la que se liaba, a no ser que llegase Miguelito, y éste no tenía que esperar vez, le dejaban vía libre, pues de lo contrario alguno de los cántaros no regresaba a casa, pues era bastante certero cuando la emprendía a cantazos con ellos.
Me preguntaréis que si el lavadero no se construyó hasta el año 1880, en dónde se lavaba la ropa hasta esa fecha. La respuesta es que nuestras antepasadas lo tenían bastante difícil, pues tenían que caminar hasta el arroyo que discurría entre los dos pueblos, Alcobendas y Sanse. Allí acudían tanto las vecinas de la villa de Alcobendas como las de nuestro pueblo. Hay constancia documental que allí estaba el “mentidero” de aquellos años y ya no sólo afectaba a las vecinas de Sanse sino también a las de Alcobendas, por lo tanto el “mentidero” era doble, y también podíamos hablar del “reñidero” entre lavanderas y de una y otra margen, pero esa ya es otra historia.


El patrimonio perdido


De lo que sí que tenemos que lamentarnos es que no se haya conservado este espacio con su fuente y su lavadero como lo han hecho otros lugares, hoy sería un icono de nuestra pasada historia. Sí que necesitaba una restauración, pues los años no perdonan, lo suyo hubiese sido restaurarla y consolidarla. Es muy lamentable y triste el poco apego que se ha tenido con el legado que nos dejaron nuestros antepasados. El último desastre fue el Caño Gordo, y aunque Doro el anterior Cronista y yo clamamos para que no se derribara de poco nos sirvió.